Un repaso por algunas de las anécdotas de José de San Martín más ricas, en un nuevo aniversario de su fallecimiento. 

Por José Narosky 

No es fácil aludir a la figura de San Martín sin que parezca una lección de historia. Pero esta no es mi pretensión ni tengo los conocimientos necesarios. Trataré de encontrar en este ser humano excepcional mencionando algunas facetas que lo distinguieron en sus 72 años de vida. Son innumerables las anécdotas que revelan su noble condición humana.

 

Sus padres, españoles, tuvieron 5 hijos. El menor fue José de San Martín. Y cuando éste nació, su padre, Juan de San Martín, tenía ya 50 años. Era también militar y gobernador del departamento correntino de Yapeyú, donde nació nuestro protagonista. Es increíble que una vida tan rica en acción, haya sido también tan plena en hechos espirituales. Y digo rica en acción, porque combatió en África, España, en nuestro país, en Chile y en Perú.

 

Pero San Martín sabía, siendo un militar, que una guerra aún siendo justa, podía dañar más que una paz injusta. Era sí, de carácter fuerte. Odiaba la violencia y comprendía que las turbas -incluso aquellas que lo aclamaban- no tienen opiniones. Sólo tienen impulsos. Un episodio poco conocido, es su situación anímica durante el combate de San Lorenzo.

 

San Martín, que tenía en ese momento 32 años, estaba casado hacía muy poco tiempo con María de los Remedios de Escalada. Su padre ya había fallecido y su madre, enferma en España, no había podido asistir a la boda de su hijo. El primero de febrero de 1813, a escasos dos meses de su casamiento, recibió la orden de marchar, con su Regimiento de Granaderos a Caballo, hacia Santa Fe, para observar los movimientos de una fuerza española que había remontado el río Paraná.

 

Su joven esposa, Remedios de Escalada, de sólo 15 años, pero de fuerte carácter, estaba ligeramente enferma. Le pidió que no acudiera a Santa Fe. Además, San Martín había recibido noticias de que su madre, que tenía ya 75 años, había enfermado gravemente en Europa -moriría al mes siguiente- y quería verlo antes de morir. Y estaba también la voz de la Patria, que es a la que en definitiva obedeció ciegamente.

 

Esa era la situación espiritual, en la que San Martín llegó frente al Convento de San Lorenzo y libró la histórica batalla, en la que triunfó y fue ascendido a Coronel Mayor. El resto de su brillante campaña militar, que culminaría con la libertad de Chile y de Perú, es bien conocida.

 

Como también lo son su renunciamiento a todo beneficio material y a cualquier cargo público. Porque su verdadera recompensa era la satisfacción del deber cumplido. Es que muchos son el barniz. Pero pocos, como San Martín, son la madera. Y finalizo con una breve anécdota. Previo al cruce de la cordillera de los Andes y la posterior liberación de Chile y de Perú, estando su ejército acampado todavía en Mendoza, San Martín le ordenó a un soldado que custodiaba el depósito de pólvora que no permitiese a ningún militar que usase espuelas penetrar en ese recinto.

 

Porque al rozarse éstas podrían encender una chispa y provocar una explosión. Al día siguiente, San Martín, que precisamente calzaba espuelas, pasó por el citado polvorín. Quiso inspeccionarlo. Encontró al mismo soldado, que no había olvidado su orden de no permitir a nadie el acceso.

 

"No puede pasar con espuelas, mi General". "Tengo urgencia, soldado. Apártese, por favor", le respondió. "Discúlpeme mi general, pero tengo una orden y la debo cumplir".

San Martín se retiró simulando ofuscación. Horas después mandó llamar al subordinado, que acudió atemorizado por la posible sanción.

 

"Lo felicito, soldado. Por su sentido de la obediencia y por haberme dado una verdadera lección. Queda ascendido a cabo". Esta anécdota es propia solamente de los grandes espíritus. Porque se necesitan virtudes, para descubrirse carencias. Y esta breve anécdota trae a mi mente este aforismo para este grande de la Patria. "Transar en un principio, es transar en todos los principios".

 

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