Cayó en las drogas, perdió los brazos y hoy es un ejemplo

Ernesto Ríos superó los obstáculos que le presentó la vida, corrigió sus errores y logró salir adelante. “Noté que Dios tenía algo especial para mí, que fue descubrir mis propios talentos”, aseguró Willy, como lo conocen todos, quien ahora practica deporte y hasta canta opera.

Por Matías Resano
mresano@cronica.com.ar

El caso de Ernesto Ríos representa el mejor ejemplo de levantarse frente a obstáculos, al parecer infranqueables, y corregir aquellos errores que perjudicaron su vida y las de sus seres queridos.

Él puede dar fe de ello. Es que, luego de caer en las drogas y en la delincuencia y, por si fuera poco, perder incluso los brazos en un accidente ferroviario, decidió dar vuelta la página y comenzar de nuevo, destacándose en todo lo que se propuso, como lo hizo al practicar atletismo y obtener innumerables logros.

Ahora, su próximo desafío es como tenor de ópera, mientras se gana la vida en la calle. A los siete años, Ernesto Ríos, siendo el único hijo varón de tres hermanos, debió salir a ganarse el pan para la familia, impulsado por la enfermedad de su padre, hasta entonces único sostén económico.

Su primera labor fue en una fábrica de alimentos, de la cual se alejó para continuar como vendedor ambulante en el Ferrocarril San Martín. A las doce años, sin embargo, cae en el mundo de la delincuencia “por las malas juntas”, como define el hombre al que todos conocen como “Willy”.

Para ese entonces, dividía sus jornadas sobre las vías entre el robo y las ventas. A los 15 años sufrió un accidente cuando intentó alcanzar el tren, perdió el equilibrio y cayó a las vías, en la estación de William Morris.

Lejos de sosegar su carácter, después del accidente “me metí en las drogas porque quería probar y mi papá se fue de casa. Mi mamá tuvo que elegir entre él o yo, y lo hizo por mí”, reveló Ernesto, en referencia a quien se convirtió en su “ángel de la guarda”.

En efecto, en 1991, cuando “volvía de comprar drogas, sentí una voz que me decía: ‘Tu mamá está en la iglesia’. Sentí que me tomaban del hombro y me llevaban hacia allá”.

Al llegar al templo, su madre no estaba. Sin embargo, “noté que Dios tenía algo especial para mí, que fue descubrir mis propios talentos”, relató “Willy”. A partir de entonces, su desafío radicó en lograr la confianza de quienes lo habían alejado de los malos hábitos.

Por lo tanto, “empecé a juntarme con otra gente y a hacer atletismo para limpiar mi cuerpo de las drogas”. Disciplina por la que llegó a formar parte del seleccionado especial de atletismo y obtener tres medallas doradas en los Panamericanos de 1995, entre otros tantos logros.

La música

Lejos de las pistas, Ríos se fijo una nueva misión: aprender a cantar luego de su frustrado paso por una banda de rock. Retomó los estudios líricos en 2012, pero “en marzo de este año fue el clic porque descubrí que dentro mío se hizo carne la técnica”.

Entusiasmado con su progreso, asegura: “Estoy enfocado en ser uno de los mejores cantantes de ópera del país y, si es posible, del mundo”. A su lado, su hijo Lucas lo define en pocas y orgullosas palabras: “Lo que hace mi viejo es impresionante”.

   

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